miércoles, 29 de junio de 2011
El carrito
miércoles, 11 de agosto de 2010
Una novela ensangrentada
El sol ya no era sol sino calor, rasguñé mi piel esperando arrancarla y arrancarme de la angustia que el día me había traído. Dentro de mi inquietud y de ese sol que ya no era sol, sino calor. Busqué el viento helado, la frialdad del paisaje y porque no decirlo, del alma que no quería más que salir de la armadura, inerte y muerta armadura que sólo me sostenía para realizar lo que ni yo sabía, iba a hacer. Cada vez que Estela, la sucia Estela, decidía terminar uno de sus tantos libros, marchaba a la cabaña la cual le había regalado. No pensé que le había regalado noches de cama con otro, escenas que parecían lúgubres pinturas llenas de vacío y dolor al momento de verlas. Pero claro, necesitaba más de aquel masoquista y excepcional trabajo para dirigirme a aquel lugar, no para buscar una explicación, si no para no perdonarla.
La luna ya no era luna, sino frío. Me agrada, más cuando la lava me derretía los pies y mi cabeza sentía la rabia de ver la luz encendida y la sombra de su indecente cuerpo proyectada. Alegre como su sonrisa y tan inconsecuente como la sonrisa que yo tenía mientras caminaba para abrir la puerta. Se acercó y todo siguió su curso.
Sangre, una imponente forma de continuar un relato. Ahora no era la mía, provocada por la cólera. Era la de ella, lograda por un puñal el cual dejaría de ser cualquiera y pasaría a ser un objeto de lo más valiosos de mi perversión. Lo guardaría junto a mi amor por ella y por la imagen mental de su pavor al verme hacer lo que gratamente había realizado. Pero ni la luna, que ya no era luna, sino frío, fue suficiente para que mis manos se detuviesen. Aquella morada, que antes pensaba que yacía la genialidad acogedora de Estela, se perpetuaba la más lúgubre y terrible tragedia que ni ella fue capaz de narrar.
Pasaron unos minutos, ella tirada, postrada y sinónimos que recalcan la belleza de aquel momento. Vi su cuello y sus brazos. Otros lo habían degustado, ya no más. El calor volvió a mi, nadie más te iba a saborear. Comencé a comerte como acto más puro de canibalismo, como si existieran los licántropos, pero el paisaje y cualquier espectador podría haberlo dicho con todo objeto del paisaje: yo era uno de ellos.
Estuve días saciándome de su belleza, leyéndole sus historias de cama, y devorándola sin dejar rastro más que los huesos hundidos en lo animal de mis actos, tu te lo buscaste Estela, tu te lo buscaste…
Esa sangre que tenía esparcida por toda la cara y que ya era simbolismo de mi triunfo y algarabía como si hubiese estado en la mejor de las orgías, fue mi tumba. Unas manos tocaron mi cuello, me dieron la vuelta y vi su sonrisa, su mirada de éxito y tal vez, burlándose de mi locura, imitando los ojos y la falsa alegría de mis actos perpetuados aparece el tercero, el invitado, del que olvidé totalmente su existencia mientras disfrutaba el cuerpo de mi amada y que él también deseaba. El calor dejó de ser calor, sino sol. Ya no había paisajes tétricos sino paz y liviandad en la sangre que caía de mi cuerpo en las hojas de aquel diario. Sangre, una imponente forma de terminar un relato.
sábado, 3 de julio de 2010
Castigo
Viajero
Carteles
Carta
viernes, 30 de abril de 2010
Cristal
sábado, 24 de abril de 2010
Más allá
viernes, 23 de abril de 2010
Poemas y diplomas.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Oficio
Las horas avanzaron y la noche más oscura se daba a cabo, no había luna y eso permitía que los pájaros nocturnos anduviesen tranquilos por las calles. Llegó a un pequeño pero lujoso bar donde le ofrecieron la misma botella de ginebra que en otras oportunidades y su caja de puros importados.
Varias copas después, marchó al baño a botar su borrachera, su última cena, para absorver por su nariz su comida de noche y darle así, un segundo aire. De vuelta en la barra, una mujer de pelo iluminado y olor a champagne barata le sonrío con sus labios que, según él, le sugerían algún valor. La mujer se posó en su oreja, eso bastó, para que él se pusiera de pie y dejara unos billetes encima mientras se paraba y la mujer lo siguiera moviendo sus largas piernas apretadas por las calzas blancas.
Le abrió la puerta de al lado y comenzaron a dar vueltas por la ciudad burlando algunos semáforos, no era importante, menos cuando ella lamía su cuello y lo tocaba por todos lados hasta encontrar su juguete y comenzar la diversión.
El auto se detuvo en un mirador del centro, bastante lúgubre e idóneo para compartir sus secretos. Las manos de él la tocaron por fuera, también por dentro, provocando la mayor lujuria en ella, deseándolo y teniendo sexo en el asiento de atrás por unos cuantos minutos, sobre las bolsas y su vestimenta de trabajo. En uno de sus tantos gestos de líbido, la mujer rompió las bolsas y cambió su gemido de placer por uno de asombro, inconsciente de su acto, de la inesperada furia que produjo sobre su deseado hombre. La golpeó hasta silenciarla y dejarla abandonada en medio de la nada, rápido y sin errores puso el auto en circulación, deteniéndose a la mitad del camino para limpiar las manchas de sus deseos y llegando a casa para recostarse pasivamente en su casa con su traje al costado, acariciándolo.
Al amanecer limpió su cuerpo, dos niños habían tocado la puerta de su hogar para ayudarlo a colocarse la sotana, ya era Domingo y debía dirigir la misa, donde estaban los fieles esperando ser escuchados por el emisario de Dios.
lunes, 1 de febrero de 2010
Che
unos; amor ciego decían otros más resignados.
Cruzó la cordillera junto a seis argentinos con la misma rebeldía y la misma causa, pasando frío por los senderos y calor sofocante por los desiertos, la naturaleza le provocó una enorme enfermedad que lo tuvo a pasos de olvidarse de la vida, anónimo en simples intentos. Aún así, mantuvo sus pasos hasta llegar a Calama, donde debía buscar a Don Aurelio, amigo familiar de su mujer, rogándole una oportunidad en las profundidades de Chuquicamata. Este último le advirtió los sacrificios que tenía el trabajar en las minas, los riesgos y efermedades posibles. Escuchó, pero hacerle caso sería pasar por alto cada piedra, cada camino y cada persona olvidada.
Llevaba una semana en la oscuridad, sin hablar con nadie o, mejor dicho, todos lo ignoraban, sabían que no era de estas tierras, algo en ellos les decía y se transformaba en una amenaza imaginaria casi real por el agobio de cada obrero, sin saber que no le importaba escalar puestos, sino cruzar al año la frontera por la puerta grande.
Mientras estaba afuera, leía las ocasionales cartas que mandaba su amada, mandando aliento y algún contacto humano. Se estaba poniendo flaco, comía cuando ya no daba más de hambre. Por las noches conversaba con Don Aurelio sobre el trabajo, dándole consejos de como manejarse mejor en las minas. Entre tanto hablar y enseñar, le advirtió que no se involucrara mucho con sus compañeros y mucho menos hablase con su acento, ellos creían que debían ser todos iguales, que el trabajo era escaso y que un extranjero viniese a tocar sus tierras no era nada menos que una señal de aprovechamiento y eso termina en combos por estos lados.
Atentamente hizo caso, no quería problemas, ya tenía suficientes en su mente.
Sus compañeros sentían curiosidad por el monosílabo, cada pregunta que se le hacía se respondía con una palabra de cortesía,ya no tenía muchas ganas, más aún, se notaba angustiado, a medida que los meses transcurrían, su mujer no mandaba cartas tan seguido, aumentando su anhelo por marchar luego, pensó que tal vez eso quería ella, motivarlo a regresar lo antes posible.
Entre tanta pregunta a su persona, un día se le escapó el che en pleno trabajo, sin darse cuenta, ya tenía a cuatro pegándole por la espalda dejándolo moribundo. Le dijeron a Don Aurelio que había tenido un accidente y en lo posible no debía volver a
trabajar adentro. Estuvo un mes sin hacer nada, sin recibir cartas y agotando sus últimos días de plazo para lo que había prometido. Don Aurelio notó su desesperación y lo dejó a cargo de la botica, ganando menos y estancando su regreso. Se aburría más, no hablaba con nadie, sólo se dedicaba a entregar los encargos y a mirar como el calor sofocaba a cada persona que se dignaba a salir. La gente tampoco buscaba hablarle, le decían el che, palabra delatora, que nunca más prometió decir, menos a personas que ignoraban su presencia.Así vivió los dos siguientes años, un fantasma más del desierto, uno más que dejaría su carga en el calor de las tierras y en el frío de la gente como decía su único vidente, don Aurelio. Había perdido noción de si, algo hacía en aquel lugar y ya no buscaba pensar el por qué. Un día, después de comer notó que en el estante de su trabajo se encontraba un pergamino de esos que guardaba bajo el colchón junto al dinero que no gastaba, leyó, leyó y volvió a leer, salió corriendo en busca de su viejo amigo, le entregó la carta, este la hojeó un par de minutos, ambos se miraron para luego darse un abrazo en silencio. Aurelio le entregó unas llaves, hace algún tiempo le prometió regalarle su motocicleta buscando alegrarlo un poco y darle alguna esperanza .
Ya habían pasado tres años, su mujer había señalado que la pena consumía sus palabras, aunque ya no podía soportar su ausencia y los epitafios de sus familias que lo daban por muerto. Tenían razón, hasta ese minuto que se subió a la moto poniéndola en marcha. Había perdido el calor completamente y la gente lo miraba al pasar, lo sentía. El sol no opacaba tanto al cielo, menos cuando había dejado a sus compañeros de mierda en lo negro, a sus familias viendo pasar los años en el mismo sitio. Su mujer, se acordó que tenía mujer, era alta con el pelo liso y largo, aún así su mirada era lo que le sacaba sonrisas aunque fuese imaginándola, no habría nada mejor que verla de nuevo.
Al pasar por la plaza, divisó una pareja haciendo el amor, el hombre la tapaba con su camisa y ella, tímida, envolvía su cuerpo con un cobertor. El esplendor se notaba, la libertad afloraba por los residuos de sus deseos. Esa libertad de que de hoy en adelante sería su lema.
¡Seguí culeando che! - dijo al viento en dirección a la frontera por la puerta ancha.
jueves, 28 de enero de 2010
Bohemia
miércoles, 30 de diciembre de 2009
De atrás para adelante
¡Huye! Me gritó el José
Era la última vez que lo iba a escuchar, dejó de correr para ver como llegaba un mastodonte que le golpeó en toda su humanidad, asumiendo un destino, del que no quería formar parte.No sabía que mis piernas fuesen tan rápidas, de hecho, las últimas veces que había corrido no eran ni la mitad de veloces. Es extraño, hasta tengo más peso que esa vez: dos bolsas gigantes con dinero, que, al parecer, más que dificultarme, actuaban como dos turbinas dándome fuerzas. Me seguía un poli, tirando unos balazos al aire ¡Cagarme de miedo quería!, como si a estas alturas fuese mi vida lo más importante.
¡La negra se va a poner contenta! Cuando paseábamos por el centro, siempre me decía lo lindo que sería comer en esos restaurantes donde un tipo de corbata elegante y pelo engominado te llevaba un menú, para después comer un plato que lo iba a recordar toda la vida, ya que, nunca iba a poder cocinar algo tan costoso decía la negra. Acabando de comer, dejaríamos una gran propina por alguien que sólo por tener corbata y hablar refinado se merecía más que otros, tenía que pasarle más al Julio creo, el que me atiende todos los fines de semana en el bar, y somos buenos amigos de cerveza y de pichangas. Pero la negra lo anhelaba, cuantas cosas le he dicho y no le he podido cumplir ninguna, una vez le dije que la iba a llevar al campo para que jugara a mojarse los pies en el río, mientras yo pescaba algo para comer rico en la noche. ¡También te llevaré al campo negra! Iremos con el niño para que te sientas contenta.
El poli parece que anda más rápido, pero es probable que me esté cansando. Tenía un plan en el cual no estaba presupuestado equivocarse. Mi hijo estaría burlándose, siempre ha encontrado el error de otros como divertido. Es un buen cabro si, es inteligente, desde que entró al colegio sus profesores no dejan de felicitar a la negra por la gran labor de madre. Es ella, debo asumir, la que maneja todo. Ahora podrás estudiar hijo mío, siempre has sido bueno para las ciencias, debes serlo, no entiendo nada de lo que dices. Al parecer para la gente de allá arriba si lo es, ¡no quiero que te traten mal hijo mío! Tu madre y yo sabemos que eres más inteligente que todos ellos y te ayudaré que llegues lejos. Siempre vagando de casa en casa, para tener un poco de paz, porque nunca la tuviste aquí, ¡tendrás eso y más! , para que puedas tirarte al pasto, leyendo un libro y mirando las nubes como siempre lo haces.
La noche se volvió amiga, eso pensé. Es más fácil huir cuando los colores se pierden un poco y somos un poco más parecidos a lo lejos. Aún así, el tipo no perdía sus deseos de captura. Tanto así, que sus piernas se hicieron más audaces y estaban a punto de alcanzarme, le divertía, sabía que pudo haberlo terminado hace rato, dándome por la espalda y tirándome al suelo, si debo ser feliz, quieres que me cueste hasta la última gota de sudor, hasta el último aliento de angustia. Quedé ahogado, mis piernas cayeron al suelo, me abandonaron, ahí solo, con mi espíritu a punto de caer en las garras de la legalidad. Sentí como mis manos se juntaban y mi mentón se revolcaba en el cemento y mis ojos quietos observando a la gente, tranquila y sin emitir algún sonido entre ellos. ¡Mirando al frente, siempre digno!, es el único consejo que recordé de los tantos que salían en el programa de ayuda que emiten por la televisión. Donde cada tarde, a esta hora está la negra sirviéndome un té, contenta de que hubiese llegado a casa, con las manos vacías.